NADAR CONTRACORRIENTE

Un juego de naipes sin comodines

Luis Ignacio Larcada

Todos los que intentamos construir una obra literaria, a lo largo del siglo XX, hemos tenido que lidiar, de una forma u otra, con la política, debido a que de ésta dependía la libertad de pensamiento, necesaria para configurar las ideas creativas; obviamente, la expresión artística es una de las más libérrimas que pueda existir, y su coartación incide directamente en la calidad; los receptores de un vehículo que aspire a llamarse arte, como todos los que hemos trabajado en estas áreas hemos comprendido, saben captar, perfectamente, sin conocer características técnicas, si hemos podido formular, a través de ella, un mensaje válido.

En virtud de esa libertad, como herramienta, el profesor Ernst Hans Gombrich señaló, en su Historia del Arte, que sus hacedores habían roto definitivamente con los patronazgos al principio de dicho siglo XX, a pesar de que implicara usar zapatos rotos y llevar el estómago vacío. Poco después, la intelectualidad europea, desafortunadamente, inició el acercamiento al marxismo, que era una consecuencia de dicha búsqueda; lógica fallida que incidió en el apoyo a la revolución rusa (¿acaso el arte no tenía un aspecto precursor del futuro?). Cuando Winston Churchill pidió a Franklin Delano Roosevelt, en Yalta, que no abandonara Europa, porque ésta sería pasto de Stalin, y hubo de anunciar, posteriormente, que sobre dicho continente había caído un telón de acero, no bromeaba. Nuevamente, la intelectualidad artística europea sintió la necesidad de sobrepasar dicho muro: el comunismo recibió el espaldarazo definitivo de Jean Paul Sartre y Pablo Picasso, quienes viajaron a Polonia para recibir sendas medallas, por su apoyo a la lucha del proletariado. La intelectualidad izquierdista, ya mundial, prosiguió su avance, confirmándose en su dirección, y hasta permitiéndose detalles de humor, en las revueltas del mayo francés, en 1968.

Al tiempo de la relección de Ronald Reagan, en Estados Unidos, pocos de los que observábamos el desarrollo de la guerra fría dudamos que se avecinara una confrontación; el presidente no ocultaba su antipatía por el comunismo, hasta el punto de bromear, mientras hacía pruebas para su grabación semanal de radio, con que pensaba ilegalizar dicho partido; no obstante, tras ser reconfirmado, las invectivas cesaron: quizás el servicio secreto detectara el desplome inmediato del imperio soviético, y aconsejara, con acierto, que sus críticas podían ser contraproducentes.

Aunque los analistas actuales califiquen el encuentro de Reykjiavík como un duelo de titanes, lo que realza la figura del perdedor, y acrecienta la victoria del ganador, fue evidente, para un observador de símbolos, que ante el viento gélido islandés, Mijaíl Gorvachov se tocaba con un sombrerito encasquetado, mientras Ronald Reagan dejaba batir, grácilmente, las alas de su abrigo: la guerra fría había terminado.

El muro de Berlín, del que ya había escrito que era el punto final de la supremacía de Europa en el mundo, cayó, dando paso a una integración continental mucho mayor de lo que el Pacto de Roma había previsto; puesto que integraría a naciones excomunistas. En aquella jornada, de la que quizá se escriba que fuera la más importante del siglo, concluyeron todos los disparates obsesivos: desde las arengas esquizoides de Lenín, a las purgas incalificables de Stalin, a los zapatazos de Jhruschov en el podio de las Naciones Unidas, tras haber puesto al mundo al borde de la hecatombe atómica, para siempre, jamás; mientras los jóvenes alemanes daban los últimos pasos, en ascenso, para intercambiar una botella de champagne sobre el muro, muchos recordamos, no sólo como símbolo, sino como persona, aquél que agonizó, durante horas, en la tierra de nadie entre ambas Alemanias, ante la mirada impotente de los occidentales y la impasible de los orientales, que lo dejaron sufrir durante horas, hasta fallecer.

Yo era en aquellos años, asimismo, joven, y quise compartir el momento de entusiasmo, dejando discurrir mi pluma, en favor de un revisionismo; palabras que, de algún modo, intuí que nunca iban a publicarse: era hora de un resurgir de la intelectualidad de derechas, que sin embargo, apenas existía: en la España de Francisco Franco, José María Pemán había sido un poeta solitario, y sus versos, líricos y poco combativos, apenas se tenían en consideración por la intelectualidad republicana, que los minusvaloraba ostensiblemente; igual que los de Luis Rosales, a quien, además, habían estigmatizado; de los hermanos Panero, Leopoldo María y Juan Luis, se resaltaba su desviacionismo mental; lo mismo que el de Salvador Dalí, a quien le perdonaban el retrato de José Antonio Primo de Rivera, en su estudio, como una boutade surrealista; el Cuaderno Azul, de Josep Plá, traducido por Dionisio Ridruejo, mereció mucha más atención de la que se le había dado; al menos a Juan Gil-Albert le alcanzó la vida para decir, y escribir, en tiempos de Felipe González, que si aquellos eran los socialistas, no eran los suyos; recientemente, José María Gironella, un cronista de la guerra civil española, ha muerto casi en la miseria; aún hoy en día, por lo que semeja, la intelectualidad española, de izquierdas, no parece haber despertado del exilio republicano.

Curiosamente, si se analizaba la obra de los italianos, había en ella una sinceridad de autor que sobrepasaba, en muchas ocasiones, las tendencias políticas: en Il Conformista, de Alberto Moravia, llevada al cine por Bernardo Bertolucci, había que hilar fino para darse cuenta, tanto en el libro, como en el film, dónde estaba el conformismo, porque más que una familia que se adaptaba a los cambios de medio siglo, en Italia, que imagino sería a lo que se refería, retrataba a unos integrantes, que sobrevivían, a salto de mata, cada una de sus crisis.

Mucho interés tuvo, para mí, la obra de Pier Paolo Pasolini: tras concluir la trilogía de la vida, su único film tras ésta, los 120 Días de Saló, así como su novela inconclusa, Petrolio, me señalaron que a pesar de ser, él mismo, comunista; y de haber sido asesinado mucho antes de la Perestroika, se percató de que la solidaridad proletaria no alcanzaba ni los mínimos logros de la caridad cristiana; que el socialismo, en alza, no sería más que un comunismo mediocre; por supuesto, que las democracias burguesas iban en pendiente hacia una corrupción descarada; y hasta, si me apuran, que una homosexualidad legalizada conllevaría su anulación como un posible movimiento constructivo, paralelo a lo aceptado por el stablishment.

Durante esos tres primeros cuartos del siglo XX, también hubo artistas de derechas que supieron crear, defender y divulgar una obra, cuando las izquierdas sentían que debían permitirlo, para mantener una apariencia de pluralismo; se debe iniciar haciendo una reverencia ante los libros de Alexander Solzhenitzyn, pionero francotirador de esas lides; al otro lado del Atlántico, era evidente que se le negaba el premio Nóbel a Jorge Luis Borges debido a su ideología, a pesar de que sus libros no fueran políticos: cierta justicia, no obstante, se le ha hecho, cuando comprendemos la crisis actual de la Academia sueca, tras haber otorgado Nóbeles a tantos escritores de izquierdas que, ya en su momento, resultaban indigeribles; mucho más actualmente, pero si la tendencia sigue, que se vaya preparando Mario Vargas Llosa a no recibirlo: tras haber premiado a todos los relevantes del boom hispanoamericano, la ausencia de Borges, Guillermo Cabrera Infante y Vargas Llosa es muy sospechosa.

Para qué incidir en el caso Padilla, desde aquel congreso que hubo en Islas Canarias, aldabonazo de todos los escritores cubanos que tanto han sufrido en cárcel y fuera de ella: el apoyo de los intelectuales a la Revolución, ha sido, desde mi punto de vista, su mejor harakiri, desde los primeros momentos, en que todas las artes la saludaron gozosamente; pasando por un Gabriel García Márquez, luciendo una guayabera, en Estocolmo, para recibir su Nóbel, en defensa del castrismo (como si la camisa nacional no fuera, asimismo, de todos los cubanos que la visten, en el exilio, con dignidad), hasta el instante en que escribo, empeñados en disculpar sus errores, resaltar sus supuestas virtudes, y preparar una transición que sumerja a la isla en un marasmo mayor del que vive, si es posible. Con ello, las voces del arte y la cultura, mientras se toman desde un café a un cognac en una mesita de boulevard europeo, han firmado su propia carta de descrédito.

Quizá lo que la intelligentsia y la ignorantsia, como dijera Virginia Woolf, cuando le tocó arremeter contra los suyos, espere en nuestros días, sea un resurgir del comunismo, como en Venezuela y Bolivia, y la esperanza de una readaptación: el colapso de Cuba llevará al traste esa última coda y, sin querer ser irónico, lamentaré la pérdida de la propuesta de Karl Marx, por ser una ilusión, pero falsa: no ha nación que, tras haber destruido la propiedad privada, no entre en una vorágine de autodestrucción; y en las que el poder no sucumba a manos de oportunistas y demagogos que enarbolan la defensa de las masas mientras arruinan, torturan y matan, lo cual es una injusticia más cruel que las desigualdades del capitalismo.

El revisionismo del siglo XX, que me ha parecido tan importante, en defensa de ciertas obras y sus autores, como un haz de luz que nos guíe a través del XXI, debería incluir, en mi opinión, las palabras del arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright, quien se alarmó por el descompensamiento entre la valoración de la ciencia y el desprecio a las humanidades, que nos llevaría al desastre: era obvio, pienso, que la preocupación por un humanismo y artes formulados en base a las ideas erróneas del marxismo iba a tener, cada vez, menos interés por quienes las podrían contemplar.

Una revisión de los valores relegados en el siglo XX, sin embargo, va cediendo importancia, paulatinamente, a nuevos peligros que asoman en el horizonte; los industriales, ya antes de la caída del muro de Berlín, se afanaban en colocarle un código de barras a cada uno de los productos de consumo del mundo (tampoco debemos culparles, hacían lo que tenían que hacer; eran nuestras áreas las que iban desorientadas); y los políticos de las democracias occidentales, por temor a absolutos, se niegan a abrazar cualquier ideología, lo cual ha dado paso a la globalización económica; de ésta, al gobierno mundial, hay un paso. Será deber, nuevamente, de los que empuñan el cincel, usan óleos y acrílicos, y escribimos notas musicales o papeles en blanco, el evitar que dicho paso sea la peor pesadilla del siglo XXI, del mismo modo que el comunismo fuera, según sentenció Heberto Padilla, ante mí, la del siglo XX.

Han quedado rezagados, asimismo, los regímenes que fueran comodines de la Unión Soviética en la guerra fría, un juego de baraja despiadado que asumieron con la nación estadounidense; y que han pasado a ser, en virtud del final de la partida, cartas tramposas escondidas bajo la mesa, que solamente tienen valor si se integraran a una mano: ni Fidel Castro, ni el hijo de Kim-Il-Sung, proclaman ya discursos en favor de las masas oprimidas, ni de la felicidad que alcanzarán los seres humanos en las dictaduras del proletariado, de los que nos descuajaringaríamos de la risa; saben que tarde o temprano, habrán de adaptarse al mundo civilizado, pero retrasan el momento, pensando así, obtener una posición de ventaja: craso error, puesto que están sumiendo a sus pueblos en una situación de paupérrima desventaja; para consegirlo, además, en el caso de Cuba, que es el más cercano a mí, han restringido aun más la libertad de expresión, y por supuesto, la de comunicación y la artística; un intento del régimen de manipulación total de las masas que, en un principio, tanto dijeron defender.

Esa sería la globalización de la cual tanto quisieron precavernos Aldous Huxley, George Orwell y demás futuristas ingleses, y no sólo como posibilidad, puesto que ya se lleva a la práctica: una ley venezolana reciente autoriza a la policía cubana a efectuar arrestos en su territorio; noticia que, curiosamente, ha sido tomada de soslayo por los medios de comunicación, pero de importancia gravísima; si eso no es el nuevo orden mundial que pretenden, cuál iba a ser; en adelante, el artista cubano refugiado en Venezuela habrá que tener mucho cuidado, so riesgo a volver a dar, con sus huesos, en una mazmorra de La Cabaña; lo que a la larga, también será el fin del arte venezolano que, justo es decirlo, había alcanzado logros recientes, sobre todo, en la plástica.

Frente a tal amenaza, de naturaleza internacional, habrá de enfrentarse una derecha que es, por naturaleza, nacionalista: otra montaña a escalar, y muy rápidamente, pues no en balde las izquierdas del mundo se cobijan bajo un himno que se llama, desgraciadamente, La Internacional.

La obra artística, como escribí, es también, por naturaleza, expresión de una libertad rabiosa, y por ello, gústenle o no, sus hacedores serán uno de los primeros batallones en tal guerra: habrá que hacer acopio de fuerzas, tras lo maltrecho que nos encontramos, pero siento inevitable el enfrentamiento: nuestra derrota implicaría sociedades desarrolladas, pero grises y egoístas, donde las personas fueran tan sólo objetos del poder, por parte de las izquierdas; o de consumo, en las democracias.

Bien mirado, a la hora de terminar esta nota, me percato que los dos movimientos artísticos más notorios del último cuarto del siglo XX, el posmodernismo y el deconstructivismo, han sido compases de espera a lo que sobreviene: ha habido quien ha hecho un revisionismo, al inspirarse en obras maestras anteriores y crear un vino nuevo en odres viejos que, en mi opinión, ha sido válido; y quien ha intentado utilizarlo en su beneficio, como forma de manipulación.

Sé que muchos se opondrán no sólo al párrafo precedente, sino a toda mi nota; a mí mismo me molesta el haberme referido a tantos hacedores previos de arte, que pudiera ser tomado como afán de mostrar lecturas que, a la postre, por mi misma trayectoria, se hubieron de efectuar, como los protagonistas de Il Conformista, a salto de mata. Mis detractores, probablemente, sacarán a colación otras tantas lecturas más, que probablemente nunca efectuaré, por falta de tiempo, y porque hasta en eso nos separa la visceralidad. Prefería ser como el personaje del posmodermismo que tanto se anuncia y que ha renunciado a aparecer, prefiriendo el anonimato a tener que sufrir tanto detractores, como aduladores.

Quizá mi próxima nota sea para analizar la razón que nos haya de mover.    

© Luis Ignacio Larcada

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